Desde su origen, los hombres se han visto afanados por dejar registro de sus actividades en el mundo, ya sea como prueba de sus actos o, con una visión más a futuro, como un ejemplo que se deja para las generaciones siguientes, como una enseñanza para evitar cometer en el porvenir los mismos errores o las mismas fallas de apreciación, o para que los pueblos posteriores deseen emular las mismas elevadas cimas de grandeza y esplendor logradas por las civilizaciones del pasado. Así, cada generación pretende presentarse como maestra para las generaciones futuras.

Y, para la lectura y comprensión de estas huellas y registros, existe gran variedad de herramientas y métodos. Desde esta perspectiva, el concepto de HISTORIA que vamos a tratar admite diversas aproximaciones e interpretaciones, puesto que no es lo mismo, ni es comparable, hablar de la historia que alguien nos cuenta acerca de tal o cual evento, ya sea real o imaginado, pero transmitido desde una visión particular y parcial, que de la historia clínica que hace un médico o un especialista en torno a un paciente, ni de la historia natural de las especies animales y vegetales que habitan y han habitado la Tierra y que, más que una relación de hechos, constituye más bien un intento de clasificación y correlación de todas ellas.

De la misma manera, no es lo mismo la historia que se construye en el momento con intención de legarla para la posteridad (¿cuántos militares, políticos, artistas, filósofos, literatos, arquitectos y otros, incluso deportistas como nuestros modernos futbolistas, no han llevado a cabo sus obras con la noción de estar haciendo historia?) que, precisamente, el estudio y la interpretación de dichas obras desde el distanciamiento proporcionado por el tiempo pasado, con sus virtudes y limitaciones propias, en un esfuerzo por diferenciar causas y consecuencias, establecer hechos y procesos, y obtener de ellos conclusiones y enseñanzas de orden social, con criterios objetivos y realistas, a los que se les atribuye valor científico.

Claramente, es esta última tarea de estudiar las obras pasadas, principalmente escritas, con la intención de analizarlas y extraer de ellas conclusiones objetivas, lo que se constituye como el objeto propio de la ciencia histórica propiamente dicha, es decir, la labor de aquellos que se han formado en el oficio y se consideran a sí mismos historiadores como tal. Por supuesto, este intento de definición no queda exento de dificultades, como cuando se trata de fijar los límites y alcances precisos para dicha disciplina.

Como una primera cuestión, pongamos en claro que la Historia como tal (Historia como disciplina académica y científica, con H mayúscula) se dedica principalmente, diremos que casi únicamente, al estudio de los registros escritos legados desde el pasado, lo que de por sí establece un objeto de estudio más o menos claro y un momento más o menos preciso para el inicio de la disciplina en sí, en la medida en que los primeros registros escritos (la primera escritura), de los que tenemos noticia hasta ahora, aparecen aproximadamente a finales del cuarto milenio antes de Cristo, durante la llamada Edad de Bronce, sobre la base de sistemas simbólicos mucho más antiguos (probablemente en uso desde el séptimo milenio antes de Cristo), que no constituían una escritura propiamente dicha, sino meros signos indicadores, un poco quizá como nuestros modernas señales de tránsito. Generalmente, se acepta que las primeras formas verdaderas de escritura aparecen en Sumer, oriente medio, para la época previamente dicha (la llamada escritura cuneiforme), y se discute si otras formas de escritura más o menos contemporáneas, como los jeroglíficos egipcios, los alfabetos fenicios y elamitas y los ideogramas chinos, surgen como derivaciones de esta primera escritura (lo que implica que de alguna forma estas culturas estuvieran conectadas) o son desarrollos propios e independientes.

Para tratar con las primeras huellas de registros a las que se pueden acceder, aparecen una multitud de disciplinas, como la epigrafía (lectura de registros escritos en piedras), la arqueología (investigación de los restos dejados por los asentamientos humanos, que abarca desde sus tumbas, sitios de uso ritual y de convivencia, huellas de cultura material, alfarería, orfebrería, etc., hasta los registros escritos y orales, presentes en el inconsciente colectivo de los pueblos), la paleografía (el estudio y la interpretación de textos y códices antiguos, muchos de ellos previos a la misma invención del papel), la lingüística, la antropología, la etnología y la etnografía, la filología, … que desbordan de por sí el objeto mismo de la Historia, pero que se constituyen en poderosas ciencias auxiliares de la misma, aunque, por supuesto, no supeditadas a ella, sino también ciencias de pleno derecho, con sus objetos de estudio y sus metodologías de trabajo claramente definidos.