Los primeros emperadores que destacaron poderosamente en la historia del imperio Bizantino fueron, principalmente, Justiniano durante el siglo VI y Heraclio, el fundador de la dinastía Heracliana, durante el siglo VII. Sin embargo, la dinastía fundada por este último entró en un periodo de decadencia al final de dicho siglo, motivado por diferentes situaciones conflictivas tanto interna como externamente (la querella doctrinaria entre las iglesias orientales y occidentales, el surgimiento y la difusión de diversas líneas heréticas y heterodoxas del cristianismo, la lucha contra el paganismo que se resistía a morir, las guerras casi constantes con los pueblos e imperios fronterizos, los ánimos secesionistas en occidente, el avance casi imparable del islam, etc.) y el final de la dinastía tuvo lugar de manera violenta y anárquica, en medio de diversos golpes de estado que se fueron sucediendo unos a otros.

El último gobernante Heráclida, Justiniano II, gobernó de hecho durante dos periodos: inicialmente desde 685 hasta 695, tras de lo cual una rebelión popular y militar llevó al poder a uno de sus generales llamado Leoncio, quien fue derrocado a su vez en 698 por una nueva revuelta, liderada esta vez por Apsimaros, el cual gobernó luego con el nombre de Tiberio III. Por su parte Justiniano, decidido a recuperar el trono, se alió así con el príncipe Tervel de los búlgaros y retornó, tras diez años de exilio, al frente de un gran ejército a Constantinopla, luego de lo cual depuso a Tiberio y se alzó nuevamente como emperador. Justiniano dio inicio entonces a un oscuro tiempo de purgas y venganzas dentro de su imperio, lo que le costó que en 711 se alzaran nuevamente contra él los militares y el general Bardanes lo hiciera arrestar y asesinar, para erigirse luego como nuevo emperador con el nombre de Filípico.

Al fin de la dinastía Heracliana siguió luego un periodo de anarquía e inestabilidad, durante el cual subieron al poder tres emperadores distintos en el transcurso de seis años, cada uno de ellos entronizado gracias a revueltas populares y alianzas militares. A Filípico le sucedió en 713 Artemio, quien gobernó como Anastasio II hasta 715, cuando fue derrocado a su vez por un alzamiento de militares que pusieron asedio a la capital y proclamaron como emperador a Teodosio III.

Pero en 717, el gobernador militar o strategos de Anatolia, León, se rebeló contra el gobierno y marchó hacia Constantinopla con su ejército. En el camino fue proclamado emperador por las tropas y consiguió que Teodosio capitulara ante él, retirándose luego a la vida monástica, con lo que el nuevo emperador ascendió entonces al trono de Bizancio con el nombre de León III el Isaurio, cabeza de su propia dinastía. Estamos a inicios del siglo VIII, han pasado dos siglos desde que Justiniano I sentara las bases fuertes del imperio Oriental y un poco más desde que el imperio Occidental colapsara bajo las huestes de los bárbaros. Bizancio es ahora vista como el centro y luz del imperio cristiano, depositaria de una tradición imperial que se remonta al menos siete siglos atrás. Los emperadores que ascienden al trono sueñan con recuperar el imperio y ser los fundadores de una dinastía próspera que dure quizá mil años más.

León era sirio de origen y un emperador enérgico que estabilizó e imperio y se enfrentó con los árabes musulmanes, los cuales pasaban por un momento de particular esplendor bajo el califato de los Omeyas. Estos atacaron la capital varias veces durante el reinado de León, pero fueron siempre rechazados, tanto por tierra como por mar, donde la armada se valió extensamente del llamado fuego griego, un arma incendiaria como un lanzallamas que jugó un papel importante en la defensa bizantina a lo largo de buena parte de su historia a partir del siglo VI.

Pero el aspecto más importante del gobierno de León, que terminó por marcar de manera distintiva toda la política dinástica posterior, se dio en el campo doctrinal con la promulgación de diversos decretos que buscaban la supresión de las prácticas de culto de imágenes, las cuales habían alcanzado para su tiempo un nivel de popularización y fanatismo que rayaba peligrosamente con la idolatría. Conocida como la reforma iconoclasta, fue quizá en principio un intento sincero de promover valores más elevados y una espiritualidad más pura entre el grueso de la población, y contó inicialmente con el apoyo de importantes sectores de la sociedad y la aristocracia, sobre todo entre los rangos militares y algunas facciones influyentes dentro del clero oriental. También, debido quizá a la influencia judía e islámica, así como a la preponderancia de ciertas sectas heterodoxas del cristianismo, la prohibición de la representación de temas sagrados a través de imágenes era apoyada sobre todo en las partes orientales del imperio.

En todo caso, la política iconoclasta encontró también una decidida oposición dentro de la corte bizantina, así como por parte del papado romano, por lo que la controversia trascendió luego los ámbitos meramente religiosos para convertirse en un tema eminentemente político donde entraban en juego poderosas facciones en disputa por el poder. El emperador León III murió en 741, pero la querella suscitada por sus reformas se mantuvo por buena parte del resto del siglo y contribuyó de manera más o menos indirecta a la separación de la cristiandad occidental, que alcanzó su realización a finales del mismo siglo con la entronización de Carlomagno como emperador occidental de los romanos.