Si se tiene a san Agustín de Hipona como el principal pensador de los primeros tiempos del cristianismo durante el periodo denominado de la Patrística o de los primeros Padres de la Iglesia, la figura posterior de santo Tomás de Aquino durante el siglo XIII, llamado el doctor angélico, con su interpretación e incorporación del pensamiento aristotélico dentro de la teología cristiana, se constituye como el referente central de la segunda mitad del Medioevo, en el periodo denominado de la Escolástica, asociado sobre todo a la figura de las universidades medievales.

Este gran doctor de la Iglesia, autor monumental y sistemático, figura cumbre de la enseñanza escolástica, desarrolló una profunda y extensa teología metafísica, además de sus otras muchas aportaciones en otros campos del saber como el derecho o la filosofía. Frente al idealismo agustiniano de corte platónico que había sido el referente principal durante todo el Alto Medioevo, Tomas de Aquino supo enfocar su pensamiento teológico hacia las nuevas tendencias urbanas en crecimiento y consolidación en la Europa de su tiempo mediante la revalorización del pensamiento aristotélico, completando de este modo las dos líneas principales de la toda teología cristiana, agustino-platónica y tomista-aristotélica. Enseñó que las verdades obtenidas por el entendimiento y las verdades reveladas no pueden entrar en contradicción, en tanto ambas emanan de Dios, y por tanto filosofía y teología no se oponen, sino que se complementan entre sí, siendo ambas racionales.

Entre sus obras cumbre se hallan tres sumas, o compendios sistemáticos y revisados de todo el saber existente en torno a un tema determinado: el Escrito sobre los cuatro libros de Sentencias del maestro Pedro Lombardo, un compendio o síntesis filosófica, en clave teológica; la Suma contra los gentiles, escrito apologético acerca de la verdad de la fe cristiana dirigido a los frailes y predicadores que estaban más en contacto con los musulmanes; y su mayor obra, la Suma teológica, un compendio total de todo su pensamiento teológico, escrito hacia el final de su vida y no completamente terminado, además de que escribió numerosos comentarios a Aristóteles, por más de que su amplio saber también recoge, desde conceptos e ideas platónicas y aún más anteriores, pasando por algunos filósofos latinos al pensamiento de sabios judíos y musulmanes como Maimónides, Avicena o Averroes, a todos los pensadores destacados de la cristiandad, particularmente, por supuesto, Agustín, pero también el papa Gregorio o Alberto Magnos, siendo este último su maestro e iniciador en la filosofía aristotélica.

Con todo, santo Tomás resulta la figura más eminente entre una pléyade de sabios doctores, filósofos y teólogos, que abundaron en aquellos tiempos del Medioevo a partir de la aparición de las primeras universidades medievales europeas en el siglo XII, cuando se trataron ampliamente los temas concernientes a las relaciones profundas entre fe y razón, especialmente la cuestión de los universales, así como los argumentos concernientes a probar la existencia de Dios, y se puso la filosofía, sobre todo la sabiduría desarrollada por los grandes pesadores del mundo griego y romano antiguo, al servicio más elevado y subordinada a las cuestiones principales de la teología (philosophia ancilla theologiae, la filosofía encuentra su anclaje, su apoyo o sus raíces, en la teología). Entre los representantes más ilustres de aquellos siglos del Pleno Medioevo encontramos a Anselmo de Canterbury, considerado el primer escolástico, o Pedro Abelardo, genio exponente de la lógica y la dialéctica, iniciador de su propio método expositivo desde el siglo XI. Durante los siglos XII y XIII la filosofía escolástica alcanzó sus mayores cotas, con el apogeo de las universidades y la difusión del pensamiento aristotélico, tanto como de ideas metafísicas provenientes de entornos judíos y árabes, en las personas de los ya nombrados Alberto Magno y Tomás de Aquino, así como también en figuras como Guillermo de Moerbeke, traductor de Aristóteles, Buenaventura de Fidanza, superior general de los franciscanos y gran teólogo, Hugo de San Víctor o Pedro Lombardo.

A partir del siglo XIV, con el impulso teológico conferido por las dinámicas ordenes mendicantes, franciscanos y dominicos, principalmente, y su nuevo aporte de teólogos y pensadores, las relaciones entre fe y razón, y la subordinación de esta a aquella, empiezan a debilitarse debido en parte a la obra de pensadores igualmente dentro de la corriente de la Escolástica tales como Guillermo de Ockham, quien desarrolló un criterio epistemológico de supresión de entidades innecesarias (entia non sunt multiplicanda), conocido como la navaja de Ockham, de gran aceptación incluso hoy en día en círculos filosóficos y académicos. Todavía en los siglos XV y XVI se dieron representantes brillantes de este movimiento en la llamada Escuela de Salamanca, nombres como los de Francisco de Vitoria, Luis de Molina y Francisco Suárez, pero ya la progresiva separación entre filosofía y teología había marcado la decadencia de la Escolástica para dar paso a los nuevos desarrollos y énfasis de la filosofía moderna.