Con el nombre de Patrística se hace referencia tanto a las ideas como a los escritos de los pensadores cristianos de los primeros siglos, los llamados Padres de la Iglesia, hasta aproximadamente el siglo V, ya en los inicios del Medioevo, aunque algunos extienden este periodo hasta bien entrado el siglo VIII. Durante todo ese tiempo, la Iglesia se ocupó principalmente de establecer una base doctrinaria firme y sólida para la nueva religión, mientras se elaboraban las respuestas ortodoxas frente a la gran cantidad de movimientos heterodoxos, divergentes o heréticos, así como frente a las ideas del paganismo, a fin de fijar una única línea de dogma. Alcanzó uno de sus momentos cumbres durante el Primer Concilio de Nicea de 325, encargado de elaborar la profesión de fe, el credo, de todo cristiano, así como de resolver otras cuestiones doctrinarias, y donde todos sus trescientos catorce obispos participantes fueron declarados luego Padres eclesiásticos.

También, se les conoce como Padres del desierto (y Madres del desierto), a una corriente de hombres y mujeres que, a partir del siglo IV, con el cese de las persecuciones a la religión cristiana, buscaron retirarse de las ciudades hacia los yermos, los desiertos y las regiones más inaccesibles, sobre todo en Egipto y Siria Palestina, bien de manera individual (eremitas, anacoretas), bien colectiva (cenobios), en busca de una experiencia de la espiritualidad más profunda y genuina, de una paz interior y mística alejada del ruido y la mundanalidad de los centros poblados. Sus acciones y escritos influenciaron de manera decisiva en la conformación de los posteriores movimientos monásticos que caracterizaron buena parte del Medioevo. Entre los más notorios, entre muchos santos y santas, podemos nombrar a Antonio Abad, uno de los primeros eremitas, Pablo Ermitaño, Pacomio de Tebas, un ex soldado romano que luego se convirtió al cristianismo y fue uno de los primeros en fundar monasterios cenobíticos, estableciendo una regla de vida que habría luego de encontrar eco en todas las fundaciones monásticas, o Simeón el Estilita, quien se retiró a vivir aislado en lo alto de una columna. Entre las mujeres están Tecla de Iconio, quien vivió durante el siglo I, María de Tebas, hermana de Pacomio y fundadora de uno de los primeros cenobios para mujeres, las viudas Marcela y Paula de Roma, o Thais la egipcia. Sus vidas están relatadas en las Vitae Patrum, una colección de textos hagiográficos, mayoritariamente de los siglos III y IV.

Sin embargo, el movimiento de la Patrística se dio principalmente dentro del ámbito teológico, por la necesidad que tenía el cristianismo de establecer un fundamento de sólida ortodoxia y una línea doctrinaria única y original para la nueva religión frente a la diversidad de interpretaciones que se dieron inicialmente dentro de la floreciente comunidad y los ataques provenientes de los practicantes de otras religiones, ya fueran judíos o paganos, o del mismo imperio romano. En los primeros dos siglos de nuestra era, mientras se mantuvo viva la tradición iniciada por Jesús mediante los apóstoles y aquellos que tuvieron cercanía a ellos o crecieron influenciados por sus enseñanzas, el pensamiento cristiano se desarrolló sobre todo en atención a las cuestiones que iban surgiendo en las diferentes comunidades a medida que el evangelio iba siendo diseminado por los territorios del imperio romano. Los escritos de estos primeros tiempos son así mayoritariamente desarrollados a través de las cartas que algunos santos y dignatarios cristianos escribían a las nacientes comunidades, y su contenido responde en gran medida a cuestiones de índole moral, más que doctrinaria. Siguiendo el ejemplo de algunos apóstoles, pero sobre todo de la obra epistolar de Pablo en el Nuevo Testamento, encontramos entre estos primeros escritores apostólicos a Ignacio de Antioquía, Ireneo de Lyon o Policarpo de Esmirna.

Posteriormente a la desaparición de estas primeras generaciones de pensadores cristianos, portadores del testimonio apostólico, las distintas iglesias mantuvieron como referencia solamente los evangelios y una colección de estos primeros escritos, en una comunidad que se iba consolidando e iba adquiriendo coherencia por todos los territorios del imperio. A finales del siglo II se fue acentuando entonces un movimiento de cultos escritores cristianos, con una tendencia más doctrinaria y apologética frente a la diversidad de tendencias e interpretaciones, mayormente de origen pagano, que se introducían en el cuerpo básico de creencias y amenazaban con deformar la interpretación ortodoxa del mensaje original, así como a los diversos cismas que iban surgiendo en el seno de la comunidad y que ponían en peligro su unidad primaria. Esta nueva generación de prolíficos escritores hizo uso de las ideas y categorías filosóficas griegas y latinas para realizar su interpretación cristiana del mundo, y demostrar las excelencias de la nueva fe como renovación y actualización de todas las ideas antiguas, el Cristo como realización suprema del logos, la verdad única e inmanente.

Entre los muchos padres de la Iglesia de estos primeros siglos, que alcanzaron su esplendor durante los siglos III y IV, encontramos a Clemente y Orígenes de Alejandría; Tertuliano y Cipriano de Cartago; Osio de Córdoba, español que fue consejero del emperador Constantino el Grande, Eusebio de Cesarea, escritor de una Historia Eclesiástica o Ambrosio de Milán, quien presidió la conversión y bautizo de Agustín de Hipona, el célebre san Agustín. Después, a partir del siglo V se encuentran nuevas generaciones de escritores como Jerónimo de Estridón, a quien se le debe una traducción al latín de la Biblia, la célebre Vulgata, pero incluso hasta el siglo VIII se hallan representantes de la Patrística, como los hermanos Leandro e Isidoro de Sevilla o el gran Beda el Venerable.

De todos ellos, el escritor de mayor relevancia, y uno de los pensadores más influyentes del todos los tiempos en el pensamiento occidental, es sin lugar a dudas san Agustín de Hipona, doctor de la gracia, nacido a en la década del 350 en el norte de África, formado sólidamente en gramática, literatura y filosofía griegas, abrazó inicialmente la fe maniquea y polemizó en el obispo Ambrosio, hasta que terminó siendo convertido y bautizado en 387 en Milán, antes de regresar a África, donde fue ordenado sacerdote y luego obispo de la ciudad de Hipona a fines del siglo. Agustín fue un prolífico escritor que trató numerosos temas con un afán universalista, redactando numerosas obras de carácter autobiográfico, monástico, filosófico, dogmático, apologético contra las herejías, moral y ético, así como diversos sermones y cartas conservados, introduciendo en sus argumentos elementos provenientes de la filosofía griega, particularmente de Platón, pero también de los neopitagóricos. Sus obras más reconocidas, como las Confesiones y La Ciudad de Dios, entre muchas otras, ejercieron una profunda influencia en el pensamiento medieval de los siguientes mil años, hasta el advenimiento de santo Tomás de Aquino, quien complementó con su línea tomista-aristotélica el pensamiento agustiniano.