Todo el dilatado periodo del Medioevo se extendió a lo largo de casi mil años y estuvo dominado en casi todos sus ámbitos, espacios y tiempos por la Iglesia Católica, por lo que una lista de personalidades relevantes dentro de la misma tiene necesariamente que ser reducida y algo arbitraria, centrándose principalmente en nuestro caso en las figuras más relevantes a nivel sobre todo teológico y espiritual dentro de la Iglesia católica, y ciñéndose en gran medida a las distintas etapas cronológicas por las que pasó durante el periodo medieval.

Así, a mediados del siglo V, cuando principiaba en Europa la Edad Media, la institución eclesiástica del cristianismo se encontraba en un periodo de definición y estabilización dentro de las estructuras políticas y sociales establecidas previamente durante los tiempos del Imperio Romano, desde la perspectiva de convertirse ella misma en un poder único y hegemónico, como recipiente y continuadora de la tradición imperial, pero ahora en clave teológica y teocéntrica. Ya habían quedado atrás los tiempos de las persecuciones y las proscripciones del imperio, y ahora de hecho era la misma Iglesia la que iba en camino de convertirse en perseguidora de paganos y herejes, pero continuaban vigentes, y lo serían por más de ocho siglos, los escritos de los primeros pensadores cristianos, los llamados Padres de la Iglesia, apologistas, teólogos, filósofos, místicos, santos y doctores, los cuales, con sus escritos y el ejemplo de sus propias vidas, dieron cimiento y coherencia a todo un cuerpo doctrinal y a las prácticas consideradas “sanas”, así como a los elementos de ritualidad, dentro de las comunidades de los primeros siglos del cristianismo. Entre algunos de ellos podemos recordar a Orígenes de Alejandría durante el siglo III, quien fuera luego repudiado por sus creencias heréticas, gran pensador y prolífico escritor, o Ireneo de Lyon, conocido sobre todo por su importante escrito Contra las herejías.

Luego, a esta generación de escritores le siguió en el siglo IV un verdadero florecimiento de la Patrística, que alcanzó en este siglo sus cotas máximas, con personalidades como Atanasio de Alejandría, importante obispo líder dentro del Primer Concilio de Nicea, donde se definió la profesión de fe cristiana, Jerónimo de Estridón, traductor de una versión de la Biblia al latín directamente desde el hebreo y el griego, o Eusebio de Cesarea, escritor de una muy escrupulosa Historia Eclesiástica que resulta de mucha utilidad aún hoy en día para reconstruir los primeros tiempos del cristianismo. Pero sin lugar a dudas la figura más prominente de aquellos tiempos es san Agustín de Hipona, a quien se le dedica un pequeño apartado en el artículo sobre la Patrística.

Sin embargo, hasta bien entrado el siglo VII se continuó asentando y desarrollando esta corriente teológica, que vio todavía a personajes tan cruciales como Cirilo de Alejandría durante el siglo V, importante en el arraigo del cristianismo como única fe dentro del imperio; Benito de Nursia durante el siglo VI, padre del monacato cristiano europeo, y el inglés Beda el Venerable durante el siglo VII, quien con su Historia eclesiástica del pueblo anglo pasó a ser conocido luego como el padre de la historia inglesa.

Luego, con el surgimiento de las Escuelas Palatinas en los tiempos de Carlomagno, durante el siglo IX, apareció entonces una nueva corriente de pensadores, filósofos y eruditos eclesiásticos que jugaron un papel fundamental en la definición de una corriente de pensamiento intelectual contemporáneo basado en el conocimiento escrito, durante el llamado Renacimiento Carolingio. Entre ellos están Alcuino de York, a quien se le encargó la organización de los programas educativos de las Escuelas; Eginardo, el biógrafo de Carlomagno y asesor de sus hijos, o Juan Escoto Erígena, quien tradujo las obras de importantes pensadores griegos al latín, entre muchos más.

Posteriormente a la disolución del Imperio Carolingio, Europa conoció una nueva época difícil debido sobre todo a las nuevas amenazas invasoras por parte de vikingos, sarracenos y magiares, que sumió al pensamiento y a la producción intelectual en uno de esos periodos de estancamiento con los cuales se quiere caracterizar a toda la Edad Media como un tiempo violento y oscurantista. Pero, poco después del cambio del milenio, el continente entró en un periodo de recuperación que llevó al óptimo medieval de la Plena Edad Media, cuando florecieron las universidades y los grandes centros de estudio, y en las ciudades se empezaron a desarrollar unas dinámicas más abiertas y cosmopolitas que obligaron a replantearse muchas de las anteriores instituciones e ideas medievales. Durante este periodo se produjeron las grandes polémicas teológicas que enfrentaban a la fe y a la razón, y en las que descollaron, de uno y otro bando, las grandes figuras de la Escolástica medieval, como Anselmo de Canterbury, Pedro Abelardo, Alberto Magno o Tomás de Aquino, de quienes se hace una pequeña reseña en el apartado sobre la Escolástica medieval. Especial figuración tienen aquí personajes como Roger Bacon y Guillermo de Ockham, quienes con su obra y sus especulaciones filosóficas en torno al materialismo marcaron la decadencia del movimiento escolástico y echaron las bases para el desarrollo de una nueva etapa de pensamiento y filosofía propiamente “modernos”.

Aunque el tiempo medieval fue un periodo mayoritariamente masculino, y desde los primeros tiempos la institución eclesiástica trató de dejar a las mujeres en posiciones marginales y de poca relevancia, la fuerza de la fe y de la vida evangélica también se expresó en la obra de muchas de ellas, de las cuales, lamentablemente, es más bien poca la información que se ha recabado hasta el momento. Pero no se puede dejar de nombrar el movimiento de las llamadas beguinas, organizaciones de mujeres laicas que, a partir del siglo XI, empezaron a proliferar por toda Europa, realizando trabajo social y actividades contemplativas, hasta que fueron gradualmente disueltas o absorbidas por otros movimientos conventuales más integrados a finales de la Edad Media. También había movimientos similares de hombres, y su obra constituye uno de los testimonios más interesantes acerca de lo que pueden lograr las comunidades autónomas y bien organizadas, guiadas por un alto sentido moral y espiritual, incluso con una cierta marginalidad respecto de la institucionalidad prevalente.