Para hablar de pueblos originarios debemos primero tener en cuenta que, al momento de la llegada de los europeos en 1492, la historia de nuestro continente ya era antigua, con fundamentos que se remontan a varios miles, quizá decenas de miles de años atrás. En tan enormes periodos de tiempo, fueron muchos los pueblos que fueron y vinieron, que se hicieron poderosos en su momento para luego caer en la decadencia y el olvido, o que terminaron mezclándose con otros en el camino, ya fuera absorbidos por naciones más poderosas a causa de guerras y conflictos, ya fuera desplazándose a otros lugares en busca de nuevas tierras y horizontes.

De este modo, cuando Cristóbal Colón arribó con sus naves a las primeras Antillas, ya los aborígenes americanos tenían una idea más o menos clara de la extensión de su continente, llamado por ellos mismos Abya Yala, de los muchos y diferentes pueblos que lo habitaban, como que los taínos de las Antillas informaron a los extranjeros sobre grandes y poderosos imperios que reinaban más al oeste, en el interior, y de las redes de comunicación e intercambio que ya existían entre naciones tan diferentes como los Incas del Perú, los Mexicas de México y los pueblos aborígenes de las grandes praderas en el subcontinente norteamericano, como los pieles rojas y los navajos.

También, de la misma manera, cuando los primeros exploradores europeos llegaron al territorio que hoy constituye la nación colombiana, primero por la costa atlántica, se encontraron inicialmente con los pueblos caribes y arawaks, que no formaban naciones propiamente dichas, sino pequeños cacicazgos dispersos y en perpetuo conflicto. Estos mismos pueblos, caníbales algunos de ellos (la misma palabra parece estar emparentada con caribe), en extremo belicosos la mayoría, conocían de mucho antes a los pueblos de interior, algunos de ellos de tendencia más pacífica y organizados ya en florecientes confederaciones centralizadas, como los Muiscas del altiplano cundiboyacense y los pueblos del sur de Colombia, Quillas y Pastos, que rendían tributo al imperio Inca. Cada tanto, los pueblos caribes organizaban incursiones al interior en busca de recursos y esclavos, los cuales se procuraban mayoritariamente a través de la guerra y el robo.

Mediante estos primeros intercambios fue como se enteraron los europeos de la existencia de otros pueblos más organizados en el interior, en tierras y climas muy diferentes a aquellos de la costa atlántica, más soportables y parecidos quizá a los fríos ambientes de Europa. Valga recordar que, en todo caso, estos hombres generalmente eran pocos y no estaban del todo bien aprovisionados, dependían muchas veces de la buena voluntad de aborígenes que les sirvieran de guía en medio de la selva tropical, adentrándose corriente arriba a lo largo de enormes y peligrosos ríos desconocidos, de lagunas y ciénagas interminables, enfundados casi siempre para la guerra dentro de pesados yelmos y petos, en medio del más intenso calor, la malaria, los mosquitos. Fue buscando estos pueblos del interior, y los mitos que sobre ellos proyectaban, que “adelantados” como Gonzalo Jiménez de Quesada se adentraron hacia el interior, vía el Río Grande de la Magdalena, hasta llegar a dar con el frío altiplano cundiboyacense, y con la gran confederación de los pueblos Muiscas que lo habitaban. Paralelamente, para ese tiempo otros exploradores y conquistadores, como los hermanos Pizarro junto a Sebastián de Belalcázar, se habían adentrado también en el continente, y fue eso lo que permitió la curiosa circunstancia de que, al llegar Jiménez de Quesada al territorio del altiplano para reclamarlo para la Corona Española, debiera entrar en conversaciones y acuerdos con otras dos comitivas llegadas desde extremos opuestos: la de Sebastián de Belalcázar, llegada desde el sur, y la de los exploradores alemanes Ambrosio Alfinger y Antonio Spira, que venían desde Venezuela.

Y así, con estas y otras expediciones, se fue reconociendo poco a poco el territorio colombiano y entrando en contacto con los múltiples pueblos que lo habitaban al momento: Caribes, Tayronas, Arhuacos y Zenúes en la costa atlántica, Muiscas, Chibchas, Chamí, Pijaos, Panches, Andaquíes más al interior, Emberás, Calimas, Quimbayas, Pastos, Tumaco hacia la costa pacífica, Guajes, Coreguajes y Makareguajes, Sionas, Huitotos, en las selvas del sur, Guahibos en las llanuras del Orinoco, etc., solo para nombrar unos cuantos, pues al día de hoy, el territorio colombiano cuenta aún con cerca de un centenar de naciones indígenas supervivientes. Resulta igualmente importante señalar que muchos de estos pueblos se llamaban a sí mismos con otros nombres, y que los nombres con los que se les conoce actualmente, como el caso de los Motilones, los Gorrones, los Huitotos, los Pijaos, les fueron dados sobre todo por los conquistadores, en su ignorancia y desconocimiento del idioma y la cultura de los pueblos aborígenes.

Pero, aun así, quedan además las pruebas de la existencia de otros pueblos anteriores, ya desaparecidos mucho tiempo atrás, de los que incluso algunos nadie tiene noticia ni recuerdo, como sucede con las estatuas de piedra dejadas por el pueblo de la cultura de San Agustín y las tumbas decoradas de la cultura de Tierradentro o la impresionante “pirámide” de Inzá en el Huila, evidencia de un pasado mucho más remoto.