Se le llama lenguaje poético al lenguaje que pretende representar apreciaciones estéticas de carácter principalmente subjetivo, asociadas en general a sentimientos de belleza o de misterio sublime, aunque también situaciones en las que se da pie a la expresión de emociones de naturaleza diferente, como el dolor, la exaltación o la incertidumbre, pueden suscitar igualmente como recurso el uso de formas de lenguaje poético. Por otra parte, se habla también de apreciar la poesía del mundo, de que ciertos escenarios más bien prosaicos tienes su propia poesía, cuando se quiere significar que incluso en las situaciones más triviales y las cosas más intrascendentes se pueden encontrar ideas inspiradoras, de que también allí están presentes el misterio, la fantasía o la perfección sublime.

Inicialmente se reconocían en la poesía diversos géneros específicos, en la medida en que mucho de la literatura antigua se componía en verso y se pensaba para ser recitada ante un auditorio, por lo que se hablaba entonces de poesía épica, que cantaba las gestas heroicas de los pueblos o de sus grandes guerreros y campeones, como sucede con los poemas de la Ilíada y la Odisea; de poesía dramática, que trataba sobre temas trágicos o cómicos y era representada por actores acompañados de un coro y de instrumentos musicales; y de poesía lírica, es decir, las canciones que se recitaban en las festividades al son de la lira para entretener a las personas con historias populares. Actualmente, es esta última acepción la que ha pasado a ser casi universalmente aceptada como expresión poética, en tanto que la épica y el drama han evolucionado por caminos propios y autónomos.

Etimológicamente la palabra poesía deriva del griego poiesis, que remite a los significados de acción, creación, composición, sobre todo en relación al trabajo de creación realizado por un artesano, un legislador o un artista, de ahí que originalmente se la entendiera, dentro del ámbito del lenguaje, como un acto de creación que trabajaba sobre las palabras mismas, no para crear otras distintas, sino para darle nuevos sentidos insospechados mediante el recurso de apelar a artificios tales como el juego libre de las imágenes sugeridas por las mismas, la multiplicidad de sus significados y afinidades, la musicalidad de sus cualidades sonoras o la rítmica de su recitación.

Por otra parte, precisamente una de las características que más ha distinguido formalmente a la poesía como estilo literario, aunque no es la única ni constituye tampoco un atributo excluyente, y que ha servido muchas veces para diferenciarla de otros géneros que pueden parecérsele, lo constituye su carácter rítmico expresado en las complicadas estructuras métricas del poema y en su rima, la coincidencia de sílabas y acentuación al final de versos continuos o alternados, lo que se conoce como versificación.  Propiamente, la palabra métrica se usa aquí con pleno sentido musical, en tanto que metro es un término usado en música como sinónimo de ritmo, el cual, para poder seguirlo, es marcado y regulado mediante el uso de un instrumento llamado, precisamente, metrónomo.

Para escribir poesía versificada es necesario entonces tener en cuenta, entre otras cosas, aspectos como el número de sílabas de cada verso o línea del poema, la organización de las palabras acentuadas dentro del verso o el número de los mismos, que conforma lo que se llama una estrofa. Así, dependiendo del número de sílabas que se cuentan dentro cada verso, estos reciben nombres distintos: entre los más conocidos están el elaborado verso clásico alejandrino, de catorce sílabas, o el octosílabo, mucho más usual en expresiones populares como la copla y la payada, donde también son comunes las llamadas rimas cojas, que juegan de manera humorística con las libres posibilidades de la rima y el ritmo.

Luego de un momento de particular durante finales del siglo XVIII y a lo largo del siglo XIX, motivado sobre todo por el auge de los movimientos románticos y nacionalistas que surgieron por aquella época en diversas partes del mundo, la poesía rimada y sometida a estrictas leyes de versificación fue cayendo en declive con la llegada del siglo XX, en favor de un ejercicio poético más libre que permitiera trascender las constricciones de la métrica y la rima hacia una valoración de la poética del lenguaje y las palabras en sí mismas como vehículos de enunciación de sentimientos profundos y subjetivos, visiones personales del autor que busca expresarlas sutilmente mediante la libre asociación de las ideas y el juego no restringido de las palabras y sus consonancias.

Así planteado, el reto de escribir poesía ya no consiste tanto en poder disponer las palabras de acuerdo a versos rimados, estrofas parametrizadas u otras prescripciones líricas, sino en lograr que el poema genere por sí mismo su propia rítmica, su propia eufonía a partir de la melodiosidad misma de las palabras y de su asociación en imágenes poderosas cuya fuerza expresiva trascienda en últimas la necesidad de a formas y moldes establecidos.