Finalizando el siglo III a.C., las reformas introducidas por el emperador Diocleciano habían cambiado radicalmente la fisonomía del Imperio. Ahora había dos zonas de influencia claramente definidas: en occidente, el Imperio se hallaba medianamente estabilizado desde mucho antes, por lo que solo había que velar su buen funcionamiento administrativo; en tanto, en oriente, las amenazas constituidas por el nuevo Imperio Sasánida de Persia y por los bárbaros europeos del norte obligaban a una vigilancia continua, y a una actividad militar permanente.

Pero el fantasma de la anarquía interna no había sido totalmente ahuyentado. Tras la abdicación de Diocleciano, en 305 d.C., en favor de su sucesor (primera vez en toda la historia romana que esto sucedía), siguió un periodo de confusas luchas entre aspirantes al poder romano. De estas luchas terminaría por emerger victorioso Constantino, también llamado el Grande, de quien se cuenta una curiosa historia: la tarde anterior a una batalla que definiría su hegemonía final, se dice que vio en el cielo el signo de la cruz cristiana (otros sostienen que fue el signo del crismón, XP, el monograma de Cristo) con las palabras “In hoc signi vinces” (con este signo vencerás). Convencido de la realidad de su visión, mandó grabar el signo en los escudos y estandartes de su ejército, consiguiendo la victoria como se le había predicho, en el año 312 d.C. Luego de esto, algunos años después Constantino pudo erigirse como señor absoluto de todo el Imperio, estableciendo una monarquía hereditaria, pero, en consonancia con la nueva realidad del mismo, trasladó la capital operativa a una nueva ciudad, mucho más al oriente, desde donde podía ocuparse de manera más directa de las acuciantes necesidades de sus vastos territorios orientales. Bautizó esta ciudad como Nueva Roma, pero sus seguidores terminaron llamándola Constantinopla, en honor a su emperador.

Lo cierto es que Constantino resultó ser un sagaz estratega político: mientras que muchos de sus predecesores se habían aferrado a las antiguas tradiciones, soñando con la restauración de un esplendor perdido mucho tiempo atrás, él entendió que el Imperio requería nuevas formas y nuevas alianzas si quería sobrevivir a la decadencia. Así, prohibió las persecuciones de los cristianos, que los emperadores previos habían promulgado casi como necesarias para preservar la identidad del Imperio, y les permitió ejercer con libertad su culto (edicto de Milán, 313 d.C.), otorgándoles generosas donaciones y rehabilitando a sus figuras de mayor relevancia, los obispos y arzobispos, organizándolos en una estructura de poder muy útil a las necesidades del Imperio. También, se arrogó el privilegio de tomar parte en las decisiones más cruciales dentro de la creciente iglesia, apoyando las disposiciones que más se acomodaban a las formas imperiales que él deseaba fortalecer. Baste decir que fue bajo su imperio cuando se convocó un importante concilio de todos los obispos cristianos, el concilio de Nicea en 325 d.C., de donde salió lo que hasta el día de hoy es considerado el principal símbolo de la fe del mundo católico: el llamado Símbolo Niceno Constantinopolitano, el credo de la misa. También, bajo su influencia, fue que se adoptó el domingo como el día litúrgico por excelencia para los cristianos (domingo = dominicus dies, el día del Señor).

Tras el gobierno de Constantino los cristianos ya no tuvieron que temer nuevas persecuciones ni matanzas en el circo, y podían ejercer su fe con libertad. Pero el paso definitivo fue dado por un sucesor de Constantino, el emperador Teodosio, quien en el año 392 d.C. declaró al cristianismo religión oficial y única del Imperio, prohibiendo cualquier otro culto “pagano”. Con esto se daba fin al mundo de los dioses antiguos, de las olimpiadas y las academias, y los que en algún momento habían sido perseguidos se convertían ahora en perseguidores: el centro de conocimiento más importante del mundo antiguo, la Biblioteca de Alejandría, fue prohibida y clausurada, y una de sus más ilustres representantes, la bella Hypatia, matemática, astrónoma, filósofa, terminó siendo apedreada por una turba furiosa de fanáticos intolerantes.

En el ámbito administrativo tuvo lugar otro importante cambio: para la cuestión sucesoria, en 395 d.C., Teodosio decidió partir el imperio en dos, y dar a cada uno de sus hijos una parte: oriente para el mayor, Arcadio, con capital en Constantinopla, y occidente para el menor, Honorio, con capital en Roma. A partir de este momento, las dos entidades territoriales conocieron destinos distintos e independientes, y sus caminos no volverían a juntarse ya nunca más: la parte occidental iría experimentando un progresivo declive, hostigada por la corrupción de sus instituciones y la presión de pueblos bárbaros provenientes del norte de Europa, hasta que en el año 476 d.C. el último emperador romano de occidente, Rómulo Augústulo (curioso nombre, que reúne los nombres de dos fundadores romanos, el de la ciudad y el del Imperio), fue destronado por el jefe de su guardia bárbara, un hérulo llamado Odoacro, dando con esto fin nominal  a la entidad imperial, con lo que Europa empezaba en largo camino de su Edad Media.

Por otra parte, el imperio romano de oriente, también llamado bizantino, recogió la herencia cultural del antiguo Imperio, y se mantuvo incólume y floreciente durante mil años más, hasta su caída en manos de los turcos otomanos en el año 1453 d.C., periodo durante el cual continuó siendo la luz de la civilización para el mundo mediterráneo, lo que permitiría con el tiempo el traspaso de los conocimientos del mundo antiguo a las nuevas estructuras políticas, sociales y culturales de la Europa contemporánea.