Luego de unificar a Italia, y tras vencer y destruir a Cartago, Roma se convirtió en la mayor potencia del Mediterráneo en su tiempo. Pero, en su estructuración interna, aún pervivía la vieja hegemonía conservadora senatorial, que impedía el avance y la modernización de las estructuras sociales de la ciudad. Las viejas formas se habían pensado para una relativamente pequeña ciudad-estado en un territorio reducido, pero ahora la realidad del mundo romano abarcaba toda la zona del Mediterráneo occidental, con quizá centenares de pueblo bajo su custodia.

Aunque los plebeyos (la clase menos privilegiada de Roma, por contraposición a los patricios, los descendientes de los antiguos padres fundadores) habían logrado con el tiempo el reconocimiento de diversos derechos civiles y políticos de los que antes estaban excluidos, aun así, el poder se mantenía en manos de los senadores y los patricios, que gozaban de los mayores favores, con lo que la tensión social iba cada vez en aumento. A mediados del siglo II a.C. los hermanos Tiberio y Cayo Graco, tribunos o representantes del pueblo (plebs), encabezaron una serie de reformas tendientes a equilibrar las fuerzas en pugna, pero fueron ambos asesinados en el cumplimiento de sus deberes por facciones enemigas oligárquicas.

Aparecerían entonces con el tiempo una serie de carismáticos personajes de base popular, caudillos que gozarían de enorme prestigio y que seguirían propugnando reformas pensadas para alcanzar un equilibrio político (pero no social) entre los bandos en pugna. Uno de ellos, Cayo Mario, reorganizó el ejército hacia el final del siglo II a.C., convirtiéndolo en una extraordinaria máquina de guerra que permitía el reclutamiento de ciudadanos pobres y sin tierra, armados por el Estado, con un sueldo estable y perspectivas de enriquecimiento por vía del ejercicio militar.

Pero las tensiones sociales no desaparecieron, y desembocaron con el cambio de siglo en una cruenta guerra civil de la que saldría victorioso Lucio Cornelio Sila, senador de la clase oligárquica, que se convirtió en dictador y empezó luego una serie de persecuciones contra sus enemigos políticos del partido popular. Finalmente, restaurado el orden constitucional y social romano, Sila renunció al poder y se retiró a la vida privada. Murió en 78 a.C.

En todo caso, ya la decadencia de la República era inevitable. Dependiente de manera creciente de mano de obra esclava, acumulando enormes riquezas provenientes de una cada vez mayor cantidad de pueblos sometidos a tributo y expuesta constantemente al surgimiento de poderosos caudillos apoyados por la descontenta clase popular, Roma se dedicó durante el siglo I a.C. a consolidar su hegemonía sobre todo el Mediterráneo, al que terminó por denominar Mare Nostrum. Durante este periodo aparecieron en escena tres poderosos personajes: Julio César, que terminó por anexionar las tierras galas al imperio; Pompeyo, que luchó en todo el Mediterráneo oriental, Macedonia y el reino seléucida de oriente, sometiéndolos enteramente al dominio de Roma, por lo que llegaría a recibir el apelativo de Grande; y Craso, viejo soldado de Sila, de una familia muy influyente en Roma. Los tres concertaron inicialmente un pacto mediante el cual gobernarían en conjunto (un triunvirato), pero luego de la muerte de Craso mientras buscaba la gloria militar en oriente, el enfrentamiento entre Pompeyo y César por el poder se hizo inevitable.

Si bien al principio el Senado se mostró más favorable a Pompeyo, por temor a las ambiciosas aspiraciones de César, este terminó por vencer y asesinar a Pompeyo, por lo que quedó como el único vencedor y dueño absoluto del poder. César se hizo dictador en 45 a.C., e inició una serie de reformas destinadas a concentrar cada vez más poder en su persona y despojar del mismo a las viejas instituciones tradicionales. Entre las reformas más recordadas está la adopción de una nueva forma de medir el tiempo, el calendario juliano, que ya no dependía la observación por un sacerdote de las fases de la luna, sino que establecía meses fijos de acuerdo al paso de las estaciones. Es este calendario, con su división en doce meses, el que, con algunas modificaciones, ha llegado a nosotros con el nombre de calendario gregoriano, nuestro calendario actual.

Sin embargo, una conjura de senadores, entre las que se encontraba incluso el hijo adoptivo del mismo César, emboscó al dictador y le asesinó a la entrada del Senado en los idus de marzo del año 44 a.C.  Nuevamente, una coalición de tres personajes importantes (Marco Antonio, Octaviano y Lépido) decidió continuar el legado de César, por lo que formaron un segundo triunvirato para perseguir a los asesinos del dictador. Luego de derrotarlos y aniquilarlos, se enfrentaron (¡nuevamente!) entre sí, y de esta lucha saldría victorioso Octaviano, quien, luego de anexionarse el Egipto Lágida de los Ptolomeos, tras el suicidio de su última reina, la famosa Cleopatra, se hizo una vez más con el poder absoluto, pero esta vez, para evitar la repetición de la historia, se proclamó prínceps (primus inter pares, el primero entre sus iguales), cambiando su nombre a Octavio Augusto, y asegurando a la clase senatorial que mantendría todas las respetables instituciones y tradiciones de la vieja ciudad, aunque reteniendo el imperium, esto es, todo el mando sobre su imponente y temible ejército. Esto sucedía en el año 27 a.C., y con esta figura, Octavio daba fin así a la República de los senadores y los cónsules, para dar paso al Principado, es decir, la figura imperial que configuraba la nueva entidad romana: el Imperio.