¿Qué es Cogito ergo sum?

Cogito ergo sum es una locución latina utilizada por el filósofo, físico y matemático francés René Descartes como base de su pensamiento científico. Esta locución es traducida usualmente como “Pienso luego existo”, “pienso, después existo” o “pienso y por lo tanto soy”. Esta hace referencia a la idea de que el pensamiento es la prueba de la preexistencia del ser, pues no se puede pensar sin que antes no se exista. Así, el pensamiento y la existencia son fenómenos de los que no se puede dudar y que permiten la construcción de nuevas certezas sobre la realidad. Es por ello que esta frase es tomada como el principio fundamental de la filosofía moderna. Esta locución fue traducida al latín de la frase original en francés, je pensé, doc je suis, usada por Descartes en su libro Discurso del método, publicado en 1637.

El cogito ergo sum señala un antes y un después en la filosofía porque supone el imperio de la razón, y por ende del racionalismo, sobre las cuestiones relacionadas con la realidad. En el Discurso del método, Descartes duda de todo cuanto existe según su conocida duda metódica. Es decir, pone en duda, todos los preceptos y dogmas que configuran la realidad y que son tomados como ciertos a priori, encontrando contradicciones dentro de sus premisas que llevan al pensamiento a un punto inicial, el yo. Por tanto, no se puede discutir que ese yo existe. A pesar de su aspiración de ser determinante, esta locución fue rebatida por Friedrich Nietzsche, argumentando que la premisa mayor no estaba demostrada y por tanto no podía funcionar como un silogismo.

Si bien la expresión cogito ergo sum se atribuye usualmente a René Descartes, pueden encontrarse varios antecedentes con formulaciones similares. Por ejemplo, Aristóteles señaló en la Ética de Nicómaco que el ser humano es capaz de ver, oir y pasear, y es capaz de percibir que está viendo, oyendo y paseando. Por tanto, el que está percibiendo percibe que está percibiendo y el que piensa percibe que está pensando. De tal manera que la percepción señala la existencia misma de quien percibe el mundo, pues existir es percibir o pensar. Otro antecedente lo podemos encontrar en la máxima del filósofo español Gómez Pereira, «Nosco me aliquid noscere: at quidquid noscit, est: ergo ergo sum», que puede traducirse como «Conozco que yo tengo conocimiento sobre algo: todo lo que conoce es, por tanto yo soy».

Además de estos ejemplos se pueden encontrar antecedentes en el filósofo cristiano Agustín de Hipona y en el filósofo persa y musulmán Avicena (Ibn Sina). El primero refiere que en el Libro XI de su famosa obra La ciudad de Dios: «Quid si falleris? Si enim fallor, sum. Nan qui non est, utique nec falli potest, ac per hoc sum, si fallor.», que podría traducirse como «¿Y si te engañas? Si me engaño, sé que existo. Ya que quien no existe no puede engañarse, y por ello existo si engaño». Por su parte, Avicena hace referencia a un pensamiento similar en su conocido argumento del Hombre Volante. Este sostiene que el ser humano es creado con un intelecto y un cuerpo sano que tiene a su disposición, pero que en el caso de que sus miembros sean suspendidos y separados en el aire, todavía tendría certeza de su ser porque conservaría su pensamiento. Luego de que Descartes se hiciera famoso por su sentencia, fue acusado de plagio por la similitud con los planteamientos de Gómez Pereira y Francisco Sánchez.

El párrafo concreto en el que Descartes usa esta locución es el siguiente:

Mais, aussitôt après, je pris garde que, pendant que je voulais ainsi penser que tout était faux, il fallait nécessairement que moi qui le pensais fusse quelque chose. Et remarquant que cette vérité: je pense, donc je suis, était si ferme et si assurée, que toutes les plus extravagantes suppositions des sceptiques n’étaient pas capables de l’ébranler, je jugeai que je pouvais la recevoir sans scrupule pour le premier principe de la philosophie que je cherchais.

Este puede traducirse de la siguiente forma:

Pero inmediatamente supe que mientras pensaba que todo era falso, era necesario que yo, quien estaba pensando aquello, fuese algo. Así noté que es verdad: yo pienso, por lo tanto existo, locución tan firme y acertada, que no podría ser quebrantada por las más extravagantes suposiciones escépticas, por lo que juzgué admitirla, sin escrúpulo, como el principio fundamental de la filosofía que estaba buscando.